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La orgía: El reflejo de las técnicas del teatro moderno

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Una hilera de horcones inclinados, en ambos extremos del escenario, dan a la escena una apariencia de ático o buhardilla. También es posible que evoquen las ruinas de un opulento salón, los despojos de algo que en su momento fue esplendoroso y que ahora discurre entre sombras brumosas.

Hay harapos colgados, espejos, una olla donde se cuece la pitanza, y otros objetos o utensilios de difícil clasificación. Al centro hay una especie de banca –que en su momento se convertirá en tren– cubierta por una gran tela.

De pronto, empieza a escucharse una música fuerte, rítmica, avasalladora, que no da tregua, y de la tela, iluminada por dos focos en movimiento, surge La vieja (David Ponce, potente, veraz, en una recia actuación) que elabora con ella la maternidad y el nacimiento del hijo. Es un preámbulo, tal vez demasiado largo, para el comienzo de La orgía, que no es tal en el sentido clásico de la palabra, sino una especie de reunión mensual o convite que la gran dama venida a menos, aprovecha para evocar tiempos mejores que, como se sabe, lamentablemente, siempre son tiempos idos e irrecuperables.

Un encuentro en el vagón de un tren que le permite conocer a un príncipe de lejanas tierras, que le besa la mano, mientras ella contempla, en éxtasis, a través de las ventanillas, las añoradas pampas. Los invitados son los mendigos del barrio, que por una comida y unas pocas monedas se prestan a convertirse en lo que a La vieja se le antoje, un militar de alto rango o un obispo, un embajador, el mismísimo príncipe de lejanas tierras o lo que a ella se le ocurra, por disparatado que parezca. Para ello sueltan sus harapos y se disfrazan con las prendas preparadas al efecto. También despojos del pasado.

El mudo, que es el hijo de La vieja, interpretado magistralmente por Tamara Melián –esta estupenda actriz nunca deja de sorprendernos– coopera, aunque a regañadientes, con los preparativos y con su dinerito.

Así van llegando poco a poco los mendigos. La enana, a quien da cuerpo y alma con mucha gracia, el versátil y carismático Alejandro Gil, que esta vez no hará de obispo sino de papa –su “sermón” con muletillas argentinas no tiene desperdicio–; y los llamados Mendigo 1 (Steven Salgado), un tuberculoso al que se le pide hacer, en esta ocasión, de Jacobo, un aristócrata; Mendigo 2 (Karina Domínguez), desesperado y hambriento, hace de lo que le digan; y Mendigo 3 (Jonathan Pérez), muy natural y creíble en el papel de un militar manco, el Coronel Pardo. Todos, en general, muy dinámicos y efectivos en sus respectivos roles. Y hay que decir que magistralmente caracterizados y maquillados por Adela Prado.

La orgía (1973), una pieza de fuerte contenido social del colombiano Enrique Buenaventura (1925-2003), fundador y director del Teatro Experimental de Cali (TEC), Mención (1967) y Premio Casa de las Américas (1980) por Los papeles del infierno e Historia de una bala de plata, respectivamente, entre otros reconocimientos, es un buen ejemplo del quehacer de este dramaturgo, que se caracteriza por reflejar las técnicas del teatro moderno, con marcada influencia de Bertolt Brecht, y por ejercer la crítica social.

Juan Roca, en una producción de Havanafama, dirige La orgía con precisión y maestría, moviéndose en el plano de la comedia, más próximo a Valle Inclán y al teatro del absurdo, pero sin traicionar el espíritu de la obra. Con una iluminación sobre lo tenue, a veces brumosa o parda, diseñada por el propio director, los personajes pasan como difuminados y la decadencia, la nostalgia por el tiempo ido, la miseria, al igual que la arrogancia señorial, se hacen más palpables y a la vez más desgarradoras. El final, impactante, con su dosis de crueldad y como reflejo de la lucha de clases. Un excelente y novedoso montaje que ningún amante del buen teatro debe perderse.

La orgía de Enrique Buenaventura se presenta los viernes y sábado, 9 pm.; domingos, 6 pm. Miami Art Club. 4227 SW 75 Ave., Miami.

Fuente: El Nuevo Herald

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